jueves, 15 de mayo de 2008

10º. BALAZO.

Un día de sol y sombra, como el café. Algo de comer. Un rato a la deriva y la certeza de que si sales de día hay más luz. Era algo que me faltaba por comprobar. No tengo claro hacia dónde voy hoy, pero quiero desangrarme a vinos en el bar de siempre, donde se cruzan mis caminos, donde me cruzo a mis amigos.
Ayer fue un día completo. Uno se da cuenta de que no está solo en este mundo de pistoleros, y por ello trata de disimular que lo es, para sorprender con cada bala cuando decida disparar.
Ayer me sorprendí flirteando con claridad. Como un quinceañero enamorado; repitiendo gestos, guardando en los bolsillos las manos, deleitándome con ella cuando ella no miraba, hablando del tiempo con una trascendencia absoluta. La vi de luna y de sonrisa. Quién sabe.



Ya sé porqué a veces es mejor mentir. A nadie le importa lo que uno haga con su vida en ciertas ocasiones, pero es mejor no contar lo que se ha hecho. Sólo decir lo que sabes que quieren oír. Te ahorras un cabreo monumental y le ahorras al otro el mal sabor de boca que le vas a dejar cuando le digas que es un imbécil, y que si lo llegas a saber no se lo cuentas. Como ayer por la mañana.
Una chica rubia, muy mona; bien pintada y bien vestida. Rasgos afilados. Y un tipo que por lo que me contaron había sido su novio hasta hace un par de días. Andaban los dos frente a una máquina expendedora de refrescos, y me fijé en que él se acercaba más y más a ella en cuanto veía la oportunidad. Ella, que no es tonta aunque tenga encima los años de la tontería, se da cuenta pero se deja acariciar la cintura cuando él termina su particular batalla de aproximación. Se miran un segundo, se ríen, y luego, tras recoger su bebida de la máquina, vienen a la mesa donde todos comíamos; y se sientan. El tipo vuelve a levantarse porque con la broma de la vergüenza, se les ha olvidado traer dos bebidas, y sólo han comprado la de ella. Yo, que la mayoría de las veces me alejo de lo que debe ser el hombre más acertado del mundo, le pregunto a la chica que porqué se deja querer si luego le va a mandar, dicho con cierta sutileza, a tomar viento. Y ella sonríe con maldad. -A él le gusta.- responde.
Se levanta con esta respuesta un revuelo de chistes fáciles y otra chica que comía con nosotros le dice a la rubia que de qué va, que cómo se puede ser tan zorra. La conversación toma tintes trágicos y alcanza el clímax cuando una se levanta dispuesta a que la otra se coma sus palabras. La rubia es la ofendida y la otra la chica a la que se protege de una posible agresión. Y entonces, justo cuando regresa el individuo ingenuo de traer el segundo refresco, todo el mundo se sienta y la rubia suelta la frase lapidaria, la que acaba de dinamitar su amistad al menos una semana. -Tú siempre lo has hecho, ¿por qué ahora es tan malo?-
Y se hace el silencio.
Yo le doy un bocado a la insulsa hamburguesa que tengo delante y reprimo la risa. Un amigo me da un codazo. Me pongo serio y recuerdo: es verdad, yo he empezado esta conversación. Pero no digo nada.
Luego, ya fuera de la cafetería, pienso que a veces somos todos algo injustos. Que tratamos las vidas de los demás con un acostumbrado desdén. Olvidamos que muchas veces nos responderán: Tú siempre lo has hecho, ¿por qué ahora es tan malo?-
Y nos quedamos en silencio. Lo bueno es que, por lo general, se pasa rápido. Lo malo, que a veces no se pasa.
Y nos quedamos en silencio.

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