miércoles, 7 de mayo de 2008

8º. BALAZO.

"Esperé hasta el sábado y la feria fue cambiándome la suerte". Éste verso lleva unos días haciéndome gigante, llenando pensamientos que iban sin rumbo. Gracias a Andrés Suárez por escribirlo. Dicho sea de paso, y aprovechando que no es la primera vez que uso un verso suyo, voy a hacerle el flaco favor de nombrarle algo más. La frase es de una canción titulada "No te quiero tanto" y pertenece a su disco "Maneras de romper una ola". A lo que iba; la feria fue cambiándome la suerte, y ahora tiro los dados despreocupado, pensando que todo va a salir bien, que siempre sucederá algo extraordinario que colocará cada cosa donde yo quiero que esté. Lo cierto es que suele salir. Cómo si yo planease las jugadas del equipo del destino desde el banquillo. Sería un buen entrenador de fútbol americano, aunque creo que me falta preparación física.Como decía, me he ido acostumbrando poco a poco a que las cosas se recoloquen solas, salgan sin más. Imagino que yo pongo mi granito de arena, pero me parece algo ínfimo en comparación con la de casualidades que se dan.Para dejar de hablar de algo etéreo, creo que tengo mucha suerte. Y me ha ido cambiando a lo largo de la vida. Lo malo va a ser cuando llegue la cuesta abajo. Aunque espero que esto último no pase porque, después de todo, siempre se puede tener aún más suerte. Prefiero pensar que iré por ése camino: Hijo de la Fortuna, que digo a veces.

Lo bueno (o lo malo) que tienen los viajes es que uno siempre descubre algo. En los acantilados de Cóbreces yo descubrí el color, y en contra de lo que cualquiera pudiera pensar, el color representó para mí un paisaje propio. No significaba como suele suceder vida, alegría o salero, que dicen en el sur. No. Significó refugio, silencio, caminos por recorrer. Era una puerta al desván, un lugar donde dejar las cosas y salir a dar una vuelta. Un hogar. Creo que ésa es la palabra. Respecto a la teoría que trata sobre si uno echa de menos lugares o personas, teoría propia a la que ya me he referido otras veces, voy a hacer una pequeña ampliación. Uno echa de menos sentimientos. Al menos yo. Echar de menos es extrañar una sensación interna; una media sonrisa, unos ojos cerrados en silencio, el roce de un abrazo antes de su impulso.Es por ésta razón que en ocasiones, cuando salgo de casa sin prisa a realizar cualquier encargo, me encuentro con los recuerdos. Voy tranquilo, con la pausa del tipo puntual que sale medio día antes, y me entretengo en aspirar el aire de la calle, y miro a las niñeras sentadas en los bancos del parque que hay frente a mi casa. Recuerdo entonces otros lugares que trae el viento, y disfruto del milagro que fue salir bien parado en esos parques donde las niñeras solo vigilaban entre cigarro y cigarro, y donde las peleas se solventaban a gritos y empujones. Hoy me he acordado de una nimiedad, pero me ha hecho gracia. De niños, en ése parque que hay frente mi casa, jugábamos al fútbol de lado a lado suplantando con árboles lo que hubieran sido porterías bien hechas. Recuerdo que todo el mundo soltaba patadas a diestro y siniestro. Allí no había ni uno que no se dejara los dientes para robar la pelota al contrario, pero solo se pitaban las faltas cuando era penalti o cuando la falta se había cometido sobre alguien que, ése día, cumplía años.Tan despreocupados como estábamos en divertirnos, perdíamos a menudo el tanteo del marcador. No sabíamos cómo íbamos y, en numerosas ocasiones, ni siquiera sabíamos el resultado al final del partido.Pobre del que ahora no recuerde cómo ha quedado en su partido. Así están las cosas.

He decidido hoy acabar con una frase de un genio. Mejor; de un GENIO. La frase tiene su contexto en una excepcional pareja que se ve separada un tiempo. En un momento dado él decide visitarla a ella, y recorre medio mundo para verla, pero llega de noche, y no llama al timbre, y se duerme en la puerta. Ella le sorprende por la mañana tumbado allí y le pregunta con los ojos. Su cara rebosa felicidad. Y él rompe el silencio y responde: "No toqué la puerta por no asustarte."

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